Concha Velasco representa ‘La vida por delante’ en el Jovellanos

Obra: ‘La vida por delante’

Lugar: Teatro Jovellanos, Gijón

Fecha: 1 y 2 de julio (20:30 horas)

Precio: Butaca: 20 €, Entresuelo: 18 €, General: 15 €

El día 1 y 2 de julio a las 20:30 horas subirá al escenario del Jovellanos “La vida por delante”, de Romain Gary, en la versión dirigida por José María Pou, con Concha Velasco, Rubén de Eguia, Carles Canut y José Luis Fernández. Por esta interpretación Concha Velasco ha sido finalista como mejor actriz en los Premios Max 2010, al lado de Rosa Mª Sardá y Blanca Portillo, que finalmente se alzó con el premio por su Hamlet.

En 1980, en su casa de París, Romain Gary concluye su nota de suicidio: “… Me he agotado hasta el fondo”. Era uno de los escritores más leídos de la época con obra hecha cine (Las raíces del cielo, John Huston, 1958 o Perro Blanco, Samuel Fuller, 1972), diplomático de carrera, judío de origen lituano que se dejó gran parte de la familia en Auschwitz, amigo de Camus y Malraux, y sobre todo, “un espíritu burlón” que se volvió vulnerable el día que se enamoró de Jean Seberg: la chica americana que vendía periódicos en Àbout de souffle. Tras la muerte de Gary se destapa una de las burlas literarias del siglo: él era también Émile Ajar, el escritor al que la crítica saludó como “un nuevo e increíble talento de la literatura” mientras “ejecutaban” a Gary por “autor de romanticismo trasnochado”.

Como Émile Ajar, Romain Gary publicó en 1975 La vida por delante (La vie devant soi) y en ella daba vida a Madame Rosa, una vieja prostituta judía, superviviente de los campos de exterminio, que cuida de los hijos de otras prostitutas. En 1977, Simone Signoret la interpretó para el cine (La vie devant soi, Moshé Mizrahi).

Ahora Concha Velasco, bajo la dirección de José María Pou, se encarga de desnudarla sobre el escenario. Inmensa, poderosa e indiscutible, Concha Velasco retrata el cansancio, la madurez, el humor negro y la ternura de un personaje que lo ha vivido todo y a quien, salvo achaques, difuntos y nostalgias, poco le queda. En su pensión, donde han ido creciendo para irse y dejarla sola, sus “hijos de puta” (así se los define en un momento de la obra) únicamente queda Momo, el último de sus “niños”. Momo es adolescente, musulmán practicante (así lo decidió su padre, encarcelado tras asesinar a su madre) y con tantas dudas, tantas preguntas rabiosas que Madame Rosa está sin respuestas. Dos en esa casa rancia, dos generaciones hostigándose mutuamente y mutuamente cuidándose. Mientras ella se sabe enferma y acaricia una muerte dulce, Momo intenta mantenerla viva, y cuando ella quiere saber de qué se está muriendo, Momo le revela la verdad irremediable: “de la vida, Madame Rosa; únicamente de la vida”.

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